miércoles, 30 de abril de 2008

Descargo

Una profesora jamás debe portar SCHWINDT como apellido de casada y menos aún si forma parte de su dirección de correo electrónico al cual debo mandar un trabajo de importancia estatal.

Muchas gracias,
La Dirección.

martes, 29 de abril de 2008

Algunas reflexiones sobre el día del animal

Primera: En los próximos meses va a hacer mucho más frío que hoy. Evitemos agotar recursos. Una mañana con solazo como el de el día de la fecha no requiere, exclusivamente, tres pulóveres, un buzo polar, campera de plumas, guantes, bufanda, orejeras. ¡vamos! ni tampoco el tiriteo desenfrenado, la expulsión de aire por la boca para ver el vapor que sale como "humito" y confirmar, para convencernos, de alguna forma, que es real el frío polar, con el que pretende tentarnos el meteorólogo fashion de Arriba Argentinos con sus fórmulas al mejor estilo Carmen Yazalde. ¿Se fue el humo y ahora necesitamos del frío polar para tener de qué charlar en la parada? bah.

me duele la muela.
izquierda.


Entonces: El fresco y sus disgustos. Sus caras amargadas, arrugadas, los ojos chinos, las manos en movimiento para evitar el potencial congelamiento...

Segunda: No recordaba que hoy fuera el día del animal hasta que descubrí, bajo alguna circunstancia dudosa, el blog de una compañera fantasma de la facultad. Resulta que es bibliotecaria, que tiene una gata que se llama Flora, que asiste a un grupo de tejedoras y que cumplió sus 39 años el pasado 14 de abril. ¡Ah! y que se llama Emilce.

Tercera: El nene no me come. El nene no me estudia. Es correcto amigos. Así que basta de utilizar el término me para posibles burlas estúpidas. ¡Viva el dativo de interés!

Nota mental: la RAE no da más.

Cuarta: En ecuador el primero de mayo se cobra dos fabulosos días, a cambio de uno, para recuperar el dinero perdido por las inundaciones últimas. Resultado: mi hermana se cobra un viaje a Bogotá y, supongo, un café doble real por primera vez en años.

Nota mental bis: El café instantáneo Colcafé (la versión colombiana del peor Arlistán) que asegura ser auténtico café colombiano me envenenó el hígado un mes entero. Si visitan Ecuador, tomen de la góndola uno más barato.

Quinta: En La boutique del libro de San Isidro se come rico. Ñoquis del 29 y dos pesos bajo el plato (esto último puede que sea mentira).
Curiosidad: Cuando los empleados jipis se van "atrás" con una cajita de fósforos Fragata en la mano no es para buscar algún título perdido.
Dato de interés (que nada tiene que ver con el dativo): En esta misma librería, les recomiendo buscar títulos viejos, re viejos, medio hechos pelota, deformes por el agua de las goteras y si les falta en su interior el ISBN mejor aún, ya que les será una tarea complicada rastrearlo en la computadora y pueden correr la misma suerte que yo al llevarme, hoy al mediodía, un libro casi de reliquia de Nabokov al módico precio de quince con ochenta.

Nota mental-moral: No se quemen la cabeza pensado en que ésto puede llegar a perjudicar al jipi. No es así.

Sólo un momento



Quelle heure est-il au paradis ?

sábado, 26 de abril de 2008

Elecciones

Era junio. Yo estaba en la cocina esperando que el agua estuviera lista para el quinto té del día. La tetera de la abuela Lola, de porcelana con flores horribles, ya estaba sobre la mesita de pared que había decidido colocar bajo la ventana el día anterior. Pegada a la heladera no iba a durar mucho tiempo, los imanes me volvían loca, me desconcentraban y terminaba pensando en cosas grandes, sin sentido, en por qué me había mudado al departamento, por ejemplo. Ayer a la tarde, entonces, corrí la carpetita, la olla de hierro y la coloqué debajo del marco de la ventana que da a Tres de febrero; de paso regué la estrella federal al mismo tiempo que recordaba su existencia.

Con la nueva disposición, la nueva vista, comencé a disfrutar más de la cocina. Yo, sentada en la silla de fórmica naranja de Lola, con los pies afuera, en el balcón y el resto del cuerpo adentro, en tierra segura. La mesita en frente, la ventana entreabierta con el mosquitero colocado aunque agujereado por partes y mi taza a lunares con jengibre y miel lista para recibir el baño de agua hirviendo; esperaba el llamado de Ique.

Tras el último sorbo, ya un poco frío pero placentero por esa picazón que deja el jengibre en la garganta, levanté el tubo y en no más un minuto anoté la dirección y el colectivo que me dejaría a tres cuadras de su casa. Ique me llamaba desde la clandestinidad de su cubículo laboral.

Aproveché el tiempo que me quedaba hasta que anocheciera y tomé un baño, me sequé el pelo, elegí un buen abrigo. Un buen abrigo era el de paño azul con tres botonazos verdes que había dejado Lola entre tantas otras cosas. Los sacos de antes sí que conocían el frío verdadero. Casi lista para salir, me apuré y manoteé uno de los tres libros que tenía sobre la mesa de luz. Estaban todos empezados así que era indistinta la elección, debía terminar alguno. Lo guardé en mi bolso, tomé las llaves que religiosamente descansaban en el aparador del living, luego un sentir ligero, la llave en la cerradura. Estaba al pie de la escalera, frente a la gran puerta de vidrio; una mueca zonza distinguí en el reflejo.

Quince escalones hacia arriba, la llave, la cerradura, el apuro. La casa, mi casa, el departamento de Lola, el aparador y el vergonzoso papel de caramelo con la dirección de Ique bajo el cenicero.

Después, la mano ya inquieta guardándolo en el bolsillo del pantalón. Volvió la llave a la cerradura, como una toma mal hecha. Yo estaba, otra vez, al pie de la escalera, frente a la gran puerta de vidrio; salí a la calle. Nada, la avenida seguía siendo la misma porquería de siempre y veía pasar el sesenta del bajo que, con mucha suerte, dentro de los próximos cuarenta minutos podía pasar el siguiente.

Sentada en el banco de la parada, buscaba como tonta algún recoveco, algún ángulo donde el viento no me aplastara contra el acrílico de las publicidades. Era una verdadera noche de fines de junio y yo con un verdadero saco de paño azul del cual comenzaba a dudar. Para matar la costumbre, encendí un cigarrillo y parece que me sucedió lo que les sucede a los que tienen suerte o son fervientes lectores de las leyes de un tal Murphy.

Veinte centavos escupidos de la máquina y una explosión de calor humano en la frente. Haciendo paso, logré llegar a la mitad trasera del colectivo. Con vista ventajera divisé a una señora abrochándose el pulóver y envolviendo su cuello en una bufanda que me provocó una carcajada interna. Me acerqué. Entre permiso y permiso conseguí un asiento. A medida que iban pasando las cuadras, la gente se iba reduciendo, ojalá hubiese sido en tamaño, siendo así gracioso y no preocupante para mí que desconfiaba de los colectivos medio vacíos en las noches verdaderas de junio.

Al rato, casi mágicamente, éramos cuatro las personas que ocupábamos los cuarenta asientos disponibles. Hacía un rato ya que había sacado el libro de mi bolso y mal que mal, forzando un poco la vista, podía leer intercalando renglones con veredas buscando el famoso hipermercado donde debía tocar el timbre para así bajarme correctamente, en la parada de Las Heras y Maipú.

De golpe y porrazo, el respaldo que tenía en frente se me incrustó en el pecho y el rebote hizo que mi cabeza sonara contra la ventanilla. Sí, esto también podía llegar a ser gracioso de no ser que en mi cabeza, del lado izquierdo tenía una hermosa hebilla con piedritas violetas que de alguna forma las sentí parte de mi cuerpo.

Reincorporándome, tomé un poco de aire y me senté más derecha, sufro de columna y los colectivos jamás fueron un buen lugar para mí. Leo a oscuras y me encorvo de formas inhóspitas para poder ver la calle; jamás entenderé a los desgraciados que pensaron inteligente la colocación de un marco de aluminio justo a la altura de la vista de una persona tipo, como yo, que no supera el metro setenta ni está debajo del medio metro.

Tras la frenada, subió un hombre. Él sí pertenecía a ese grupo agraciado del post metro setenta, vestía unos vaqueros desgastados, borceguíes negros, remera blanca (sí, remera) con una inscripción que no llegué a leer. Tomó su boleto con la mano izquierda porque la derecha la tenía ocupada con una botella de cerveza envuelta por una bolsa del famoso hipermercado. Un poco tambaleándose y haciendo ruido fue caminando hacia atrás. Yo lo miraba, lo miraba entre renglón y vereda y él me miró, él me vio.

Cinco pasos re pesados y se sentó al lado mío. No recordaba tanto olor a alcohol desde mi borrachera de los veinte y mi estómago vacío haciendo malabares con un té de jengibre y miel hasta llegar a las empanadas salvadoras de Ique.

-¿Es judío ese, no? – inquirió con sonidos casi guturales.
-Perdón… - dije yo entre perturbada y con aire de acá no pasa nada.
-Que ese, ese tipo, cómo es, es judío.
-Ah… éste – mirando el señalador que se asomaba de Woody Allen y pensado alguna respuesta rápida y poco comprometedora- sí, así parece.
-Mirá, y ¿a vos te gusta ese, che?- dijo acercando su aliento.
-Bueno… este…vi algunas cosas.- le decía, pensando, pensando- igual este me lo regalaron en una librería- buen punto, sentencié.

Vicente López parecía ser el lugar más lejano del mundo. Esos viajes por paisajes desérticos donde uno especula la cantidad de nafta y las ganas desenfrenadas de comer un sándwich. El supermercado no se asomaba por ningún lado y ahora paseaba con un borracho, antisemita y potencial asesino serial. Qué linda noche verdadera de junio.

-Mirá lo que tengo acá- dijo mientras se subía la botamanga del pantalón.

Bajé la mirada, obligada, y vi una cara gigante de Jesús entre espinas de cristo, aureolitas y mantos de rosas re tatuados en su pantorrilla.

-Mirá vos… ¿dolió mucho?- salió de mi garganta a esta altura atragantada mientras que mi manita derecha iba guardando poco a poco, como quien no quería la cosa, el libro debajo del bolso.
-¿Qué va a doler? Por este, lo que sea- balbuceó el mártir en su curda-
-Ajá, claro, qué bueno. Bueno, permiso eh, me tengo que bajar en la próxima- le dije casi suplicándole a algún dios que me sacara de esa situación.

De la forma más desprolija, me abotoné el saco, cerré el bolso con el libro bien adentro y toqué el timbre liberador. El hipermercado, obvio a esta altura, no había aparecido, pero era claro que iba a sentirme más tranquila caminando por la avenida, mal abrigada, con El Anticristo del maldito alemán bien guardado en esa verdadera noche de junio.

lunes, 21 de abril de 2008

Poesía popular



Sometimes I dream about reality
Sometimes I feel so gone
Sometimes I dream about a wild wild world
Sometimes I feel so lonesome


Hey Bobby Marley
Sing something good to me
This world go crazy
It's an emergency

Tonight I dream about fraternity
TONIGHT I say: one day!
One day my dreams will be reality
Like Bobby said to me

Hey Bobby Marley
Sing something good to me
This world go crazy
It's an emergency

Hey Bobby Marley
Sing something good to me
This world go crazy
It's an emergency

Tonight I watch through my window
And I can't see no lights
Tonight I watch through my window
And I can't see no rights


-Manu Chao-

El panadero, Cajas, Azuay, Ecuador.-

miércoles, 16 de abril de 2008

Qué tan lejos

Era la tercera vez que se inclinaba para alcanzar el encendedor. Mecánica algo ridícula la de volver a dejar las cosas en su debido sitio, como si de no ser así el universo fuera a colapsar de momento a otro. El cenicero de bronce, manchado por los años de tanta soledad, le respondía casi obediente en el extremo derecho del escritorio. Dos colillas exprimidas, un rastro del verano haciéndose ceniza. Eso es el palo santo, se dijo. Lo había traído de Manglar Alto, de la costa ecuatoriana, un poco creyendo que era cierto eso de que los mosquitos no pueden volar entre su humo, y otro poco con la encubierta razón de que los olores son, para él, el mejor modo de anclarse a un lugar determinado, a un lugar del cual jamás quiso partir, donde su condición de parasiempremente solo no lo amenazaba.

Esa tarde era la lluvia. Los sonidos encontrados golpeando en la persiana inquieta de tanto viento por el comienzo de algo, nuevo. La tormenta, ahora más tranquila, se apagaba con un cielo turbio al norte, pero las antenas altas dejaban en evidencia al sol poniente sobre el Tres Cruces delimitando el valle.

Varios años lo separaban de aquel oeste. De la humedad sobre los telares, el edificio de la comuna, la radio parlante, sequía en domingo de carnaval. De este lado, en este hueco, el azúcar se pierde sobre las cucharas, los aguaceros son sorpresa de media tarde, la niebla puntual. Calato se inclinaba.

Dónde estaría mañana, con la tinta desparramada sobre los expedientes de forajidos de Azuay. Dónde, con los zapatos de cuero curtido marcando surcos de nada sobre el felpudo de hogar bienvenido, donde los encebollados se acomodan en los estantes del refrigerador para recordarle la autonomía cada noche tras las campanas de la Catedral. Dónde, en casa Latina esperando la bendición de doña Elisa para salir confiado a sentarse en otro banco, frente a otros papeles, otra ventana para mirar la punta de sus pies ante la mirada caníbal y aniñada de la supervisora.

Un día más, dónde, sobre el traqueteo del camino que permite solo la compañía de una banquina desafiante. Calato se inclinaba para ver cómo el páramo viraba a selva.





Ingapirca, Cañar, Ecuador - Flor de los buenos sueños.-

lunes, 7 de abril de 2008

Haga como si estuviera en su casa

Una esperanza se hizo una casa y le puso una baldosa que decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar.

Un fama se hizo una casa y no le puso mayormente baldosas.

Un cronopio se hizo una casa y siguiendo la costumbre puso en el porche diversas baldosas que compró o hizo fabricar. Las baldosas estaban colocadas de manera que se las pudiera leer en orden. La primera decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar. La segunda decía: La casa es chica, pero el corazón es grande. La tercera decía: La presencia del huésped es suave como el césped. La cuarta decía: Somos pobres de verdad, pero no de voluntad. La quinta decía: Este cartel anula todos los anteriores. Rajá, perro.


Julio Cortázar, Historia de cronopios y de famas.-


miércoles, 2 de abril de 2008

Che y Chu fueron al río


"Doctorchu, del dichu al hechu hay un mucho trechu"
Alejandrita.

martes, 1 de abril de 2008

yo, rezongo

oiga! que ser mujer no es ningun pecado ni desgracia.
basta de eso que las niñas lo van a empezar a creer.

Un lunes

una boya con cara de cruz
el sol que se va yendo
los chicos jugando a lo que quieren ser en el agua
la pareja quejosa, gritona
el sol que se fue
ahora
el viento que golpea desde el este
sudeste
los areneros lejísimos
el junco, pajonal rioplatense
los dedos frágiles
la bicicleta
la aproximación
las ganas de fumar
la sombra de alguien mirándome la espalda

domingo, 30 de marzo de 2008

Hace más de un mes


el perfume del palo santo
el olor al repelente de mosquitos
los gritos de los vecinitos
la voz de pancho que me enseña
la muñeca sin tiempo
lolita por el cable ayer a la noche
la guía de perú con la guita reservada
la mudanza a la casa con vida
la visita de un gran amigo
las cervezas frías
mi perfume de verano
noche y día sobre la mesa.




Volcán Quilotoa, Ecuador, 2008.-

sábado, 29 de marzo de 2008

De anoche

soñarte de la forma más agotadora.

viernes, 28 de marzo de 2008

Teníamos como catorce


El primer cadáver.
Fábula gris.


Vi una llama azul, un cristal molido, cenizas grisáseas que caían de un álamo, la infancia.

¿Y qué si es una mierda? ¿Acaso esperabas ver a Cenicienta?

Tengo noticias malas. La vida no es un cuento de hadas.

Y sí, ahora los veo, nos vemos en el reflejo, la lluvia.

Un grito en la oscuridad.


jueves, 27 de marzo de 2008

¿Calato?



Brasil empapaba las mesas; en la mía cerveza.
Un sombrero de paja, un djembe, la vela peor ubicada.
Un viento amigo lleva al sombrero sobre el fuego. Me gusta el fuego.
Gesticulaciones ridículas, llamado de atención en voz inadvertida.
Un resolver casi gracioso y me acerco a evitar el desastre.
Se ríe.


Me gusta cuando se ríe.

martes, 25 de marzo de 2008

Siesta


...eu nao sei dormir sem a tua companhia...

jueves, 20 de marzo de 2008

Pacífico soñé tus olas

Venía de Cuenca, valle del sur de la cordillera. El bus cargado, pocas mochilas, mucha mercadería, mucho trabajo. Esta vez nos tocaba viajar de día, eso era bueno; las rutas no nos ofrecían los mejores paseos por la noche y era difícil conseguir el sueño entre tanto traqueteo. Viajábamos entonces. Salimos del centro de la ciudad y una jovencita subió a repartir jugos en botellas cuadradas. Jugo de naranja, jugo ácido que no tomamos.

El televisor se encendió y con él el miedo. “Termineitor” o una prima hermana, no recuerdo; el volumen por el cielo. Nos reímos como lo veníamos haciendo en cada bus que nos tocaba tomar. La risa, lo curioso, las diferencias escondidas.

Mi compañera leyó un tramo, otro durmió y escuchó su música. Yo, no sé. Tenía la ventanilla y el frío, el agua condensada que bajaba por el vidrio y me mojaba el pelo, el chaleco en las rodillas. Dormí.

La montaña, el camino, la niebla espesa; un lugar común. El cajas, la ruta elegida por el chofer.
Páramo, pura roca, pajonal, frío. La banquina tan lejos y tan cerca, el ritmo que encontraba a cada kilómetro. La vista como una cinta de filmación vieja, arriba y abajo, siempre para adelante y rápido. La lluvia.

Vacío a nuestra izquierda, viajábamos alto. Unas horas más tarde y casi sin notarlo Ecuador me sorprendía una mañana más. El monte de la derecha iba virando a selva. La vegetación poco a poco se iba poniendo verde furioso, crecía en volumen. Las palmeras. Humedad.
Guayaquil iba asomando a cada metro.
Llegamos.
Cruzamos un puente, un puente para cruzar el río Guayas, el río que une la tierra. El nacimiento en el Amazonas y su destino en el pacífico. Miramos, calladas. Cachalotes en carrera.
Terminal Terrestre de Guayaquil. “Guayaquil está en marcha” predicaban los carteles del alcalde. Y de golpe y porrazo el pantalón mojado, la cara pegoteada, el aire acondicionado, los baños limpios pero lucrativos, las cadenas gringas de comida rápida.

Esquizofrenia.
Luchamos en los pasillos para encontrar la boletería. Dieciséis kilos de más en mi cuerpo y la lucha contra los que te quieren llevar a Machala mientras uno quiere Montañita.
Once dólares. Pasajes en mano. Almuerzo. Baño. Afuera.
Encontramos al bus y descansamos las mochilas. Un pibe se me acercó y me dijo que la “cola” para Montañita era atrás de él y de su amigo. Me reí por dentro y pensé que sólo un argentino podía decir eso. Matías, fue Matías con su remera de Inka Kola y su guitarra. Le hice caso y corrí el equipaje. Atrás estuvimos y charlamos hasta que el bus arrancara. Venían viajando. Venían de Perú dónde les habían dicho que si iban al Ecuador debían ir a Montañita. Todos estábamos en la misma, salvo que ellos sólo habían vivido a Guayaquil dos días y eso no era Ecuador, por suerte.
“El es Cory, está contento porque somos los primeros que encontró que hablamos inglés en tres días, viaja con nosotros a Montañita”. Somos cinco, hay equipo. Ellos viajaban desde el diez de diciembre y perdieron el mate. Mariano tenía “algo” de agua caliente en el termo y yo tenía el mate y la yerba. Hay equipo. Subimos al grito de “Montñita, montañiiiita”, y nada es casual. Los cinco teníamos los cinco asientos del fondo, los cinco. Hay equipo. Nos reímos. El aire acondicionado nos iba a matar. En Gye la gente no puede vivir sin aire acondicionado, la humedad y el calor te destrozan, pero para nosotros que no estamos acostumbrados a esos cambios de temperatura tan bruscos nos podía matar realmente. Nos la rebuscamos.
De izquierda a derecha: Pitu ventanilla, Yo, Matías en el medio-estira-patas, Mariano comprimido, Cory ventanilla derecha con i-pod-veinte-gigas-en-mi-haber.
Viajamos. Tres horas y puchito. En la tercera empezamos a ver el Pacífico, cuánto aire, cuánta locura. CUANTO PACIFICO.





“¿Será esto Montañita?”, “no, no, tiene que ser más adelante”. Así pasamos cinco pueblos. El último: Manglar Alto. Próxima estación: Montaña. Ahhiii.


Llegamos. Llovía. Barro.
Bajamos y luchamos por sacar nuestras mochilas. Nota: somos TODOS atolondrados.
Con todo encima, mojándonos, muriendo de calor y humedad, parados felices. Un nene de ocho años se me acercó vendiéndome un hostel. Esperé más ofertas aunque la idea de mandar a un chango así de pequeño le toca el alma a cualquiera, malditos dueños. Esperé y llegó Jorge, el cubano. Nos gustó la idea de vivir lejos del “centro” y en lo de Juancho.







Los cinco lo seguimos. Había equipo pues...

viernes, 14 de marzo de 2008

Montañita desordenada

Los amos de casa

Nueve días en lo de Juancho, argentino nacido en Monserrat y criado en Cuidad Evita. Hace diez años ya que vive en Montañita.

Juancho vive con Anahí, se novia cubana. Anahí hace tres años que vive en el Ecuador y ya no lo soporta un día más. "La gente es muy inculta", me dijo una noche mientras lavaba los platos.

Jorge es el arregla-tutti del lugar. Jorge es cubano también pero no tiene queja alguna sobre el país. Jorge le da al tabaco y a la caña manabí todo el día.

Jorge también le da a otras cosas y es un habilidoso cazador de ratas envenenadas.





Montañita es un lugar lleno de ratas

(grandes ratas)



Los perros

Pucho: el malo guardián de Juancho. Pucho es de una raza que no conozco. en realidad sí pero no la recuerdo, además de que no me gusta eso de las razas. es negro, con ojos chiquitos y una bocasa enorme llena de dientes afilados. Pucho me re-conoce y me quiere como yo a él. Lo tienen mucho tiempo atado, eso me entristece pero se ve que los visitantes carnavaleros se lo pueden afanar. Una desgracia (sería).

Pucho tiene primos

Meteoro: un labrador que no se acostumbra al calor de la costa aunque disfruta de sus horas de nado en el mar pacífico. Meteoro es un gran perro, es el perro de Anahí, ella lo ama y se le nota en los ojos cuando le habla.

Meteoro tiene una hermana que vive en lo del vecino carpintero, en la vereda de enfrente. no recuerdo su nombre pero es una perra bien viva, debería llamarse Chispita. Le ladra a las ratas que viven en el pozo del tanque de agua.



El techo compartido

Tin: duerme en la plata baja o en su defecto hasta donde lo dejen sus piernas cuando llega a la mañana, la silla del quincho, la escalera de entrada o la hamaca paraguaya son destinos posibles. Es un gringo que hace tres meses está poseído por Montañita. Hace varios años se fugó de Estados Unidos y ahora reside en Amsterdam. Tin vive de noche, chupa que da calambre y fuma lo que venga. Tin se emociona cuando toco temas de Cash en la guitarra de Matías y cuando ponemos a Dylan en el equipo del bar. Tin está harto del reggaeton y nos quiere por eso.

Ben: es un pequeño canadiense que llegó a Montañita unos días después que yo, es puro amor y sinceridad. Ben me cae lindo, es de alma transparente. Está de viaje por sudamérica y dentro de un tiempo se viene para Buenos Aires. Ya quedamos citados para ir a ver a La bomba de tiempo en algún lugar de la capital. A Ben le gustan los sombreros panameños y me contó el origen de su nombre. A Ben le regalé una magdalena y tomamos mate viendo el primer atardecer sin nubes.



Cory: es de Florida y tiene una tonada extraña que hace que le pregunte miles de veces qué dijo porque me cuesta entenderle. Cory no se esfuerza en lo más mínimo. Lo conocí en la terminas terrestre de Guayaquil. Los dos estábamos haciendo la cola para subir al micro que nos llevaría a Montañita. Cory cargaba con una valija vergonzosamente pequeña y con un bajo acústico. Una noche se cortó la luz y nos sentamos a tocar temas de sublime, Santeria sonaba de lujo! (se permite la risa). Su propósito en el pacífico era visitar a su room-mate, un colombiano que vive en Florida y que hace surf en Montañita; éste se codeaba con los capo-capón de la comuna. Son cómicos.

Pancho y Martina: una pareja de chilenos hermosos. Llegaron a lo de Juancho una noche que yo estaba en la cocina haciendo una tara de brócoli y Martina se me acercó medio tímida preguntando por un "algo" para cocinar sus "hot dogs". Mientras se hacía la tarta jugamos al truco con sus cartas; chilenos buenos jugadores de truco, admirable. Nos acompañaron varias rondas y cervezas. Pancho luego de una visita a Buenos Aires se hizo fanático del mate así que tuvimos reserva de yerba "por las dudas".

Mariano y Matías: qué decir, dos hermanos de La Plata con los que compartimos viaje, comida, mate, playa, tejo improvisado de ostras. Mariano es un cocinero en potencia, ingeniero de profesión; Matías óptico y guitarrista errante. Nos conocimos en la terminal de Guayaquil también y desde ese momento tuvimos un acuerdo tácito de compañía.

Y más allá de las no paredes del living duerme Terry: otro gringo copado en las últimas. Terry o Cangrejo, como comenzamos a llamarlo una noche tras la humilde observación de Mariano (o pudo haber sido Pitu, no lo recuerdo), es de Nueva Jersey, fortachón, rubio, bronceado, musculoso de ojos celestes; si yo no fuera yo se me estaría cayendo la baba. Todo indicaba que Terry era otro de los amigos drogui-punchi de Juancho pero un día, gracias a Ben, me enteré de que mi prejuicio berreta de había desmoronado. Terry The Crab no era más que un apasionado de la pesca, vegetariano, atleta, abstemio y menos que menos drogui-punchi. Se acostaba a las diez a más tardar y saltaba del colchón con el canto del primer gallo (o con el único de nuestra casa que a mí no hacía más que fastidiarme por las madrugadas). Por las mañanas el pana se calzaba las pata 'e rana, el traje de neoprene y el arpón y salía a pescar. Una tarde cayó a casa con unos pescados maravillosos, se comían con sólo mirarlos. (no era vegui, no comía carne roja no ma') A la noche siguiente cociné la ya mencionada tarta y le ofrecí una porción; él una del pescadito. Fue uno de los platos más ricos que comí en todo el viaje. El filete vuelta y vuelta con oliva y ajo, bien jugoso, ni que me conociera! Ese día le hice las pases n mi mente. Pobre Terry.

Esa misma noche habían aparecido en casa Mario y Patricio; dos viejos amigos de Juancho. Mario, argentino, integrante de una antigua banda en Buenos Aires y rival de truco. Patricio, español bebedor de mate (cruz de malta) y fanático de Las Pelotas.
Todo sigue,
por suerte.






sábado, 1 de marzo de 2008

era de viaje

esta noche es el frío
el páramo en mi espalda









hoy ya nadie duerme
pienso.

martes, 26 de febrero de 2008

MUTANDO

viernes, 15 de febrero de 2008

Si la tierra quiere

pancho con su diciplina. adios a las agujas, a las chancletas, a las miradas de la calle.

buscándolo; el colombiano amigo con su franqueza me sienta frente a él y nos saludamos riendo.

-pancho, cecilia gusta conocerte.

y hablamos. le di mi reloj como si de esa forma le estuviera entregando una parte de mi.

me invita a la playa, a un fuego para vernos mejor.
nos sentamos y dejamos nuestras chancletas en un tarro de basura y bailamos en la arena húmeda.

camarón de la isla. el mediterráneo.
buscamos otro fuego y descubre mi luna, mis ojos grandes, canarios.
las brazas.
un amigo ecuatoriano nos ofrece su botella y brindamos junto con la mamita para no emborracharnos.
-¿te gusta el mar?
-lo respeto.
-¿te vienes de viaje conmigo?
...
sentados junto a otro fuego, de golpe la lluvia de verano y caido del cielo nos recive un paraguas hermoso, rojo.
un rap nacional nos une por primera vez.
el agua es astuta y corremos al primer techo.
cubiertos con un lienzo floreados nos queremos.
hostal:centro del mundo (cierra el ciclo de mi viaje)
un guardia duerme y nosotros bailamos salsa frente a él.
un pasillo. puertas. una habitación con baño, libre. nos teníamos que encontrar y nos amamos bajo el aire ecuatorial. el sueño. el no tiempo.
sale el sol y escapamos.
salimos bailando, girando en la playa.
nuestras chancletas ya no estaban, habían desaparecido. una suerte! siento la tierra en mi cuerpo.
sin tiempo.
vamos a desayunar.
encebollado con chifles en la vereda mientras los muchachos siguen derrochando carnaval.
...
pancho es un caminante de la península ibérica, quiere ser viejo con pelo blanco narrador de historias.
pancho quiere nietos y ver el mar.