jueves, 11 de diciembre de 2008

Terminal

Terminal. Máquina de enganchar muñecos en un local de video juegos. Suena de fondo la lambada.

-¿Querés que te queme el osito panda, maricón?

-Sí, te quiero, te quiero.

 

Esa no era la respuesta ni la frase para remediar una relojeada lasciva de culo a la negra que revoleaba todo lo que a ella le faltaba. Pita estaba re podrida, cansada de la humedad de Río, de Chano, de los quince días que tuvo que soportar al lado de su futuro ex novio. Chano ya lo era, pero pronto se convertiría, para todos sus conocidos, en el abominable, en el calentón incurable, en el desgraciado que le había destrozado la vida. Pita se encargaría, personal y minuciosamente, de arruinarlo.

Hacía dos horas que estaban varados en la rodoviária, como Pita había aprendido a decir. Ya no le gustaba eso de “terminal terrestre”, de modo que cada vez que se le presentaba la oportunidad de decirlo, lo hacía orgullosa. Lo había intentado todo. Le había dado a Chano todas las oportunidades que no merecía, pero esta vez no iba a pasar de Brasil.

Por los altoparlantes, entre interferencias de todo tipo, una mujer comunicaba la cancelación del micro que ellos iban a tomar de regreso a Misiones.

-¡Brazucas de mierda!

-No hables así. ¿Sos pelotudo? ¿Querés que nos linchen, gil?

-Calláte.

Pita levantó su mochila de la forma más ridícula, pesaba unos cinco kilos menos que ella pero lo logró. Chano, mirando el televisor que tenía sobre su cabeza, tomó la correa de su valija con rueditas.

-¿Vamos?

-¿A dónde?

-Y, qué sé yo, nena, pero ¿vos tenés muchas ganas de quedarte a dormir en la terminal?

Salieron.

La calle estaba más húmeda y pegajosa que hacía unas horas. Una leve llovizna había caído y ahora, el último sol evaporaba cualquier huella de agua que hubiera quedado sobre el asfalto. El calor era cada vez más fuerte y Pita andaba tropezándose. 

No tenían mucho dinero. Chano se las había rebuscado para achicar la suma intentando sacar algún osito de la máquina, hasta que, tras la quinta desilusión, desistió, no por orgullo, sino porque prefirió gastar los últimos diez reales en una cerveza importada de Argentina.

Caminaron hasta el pequeño centro donde Chano eligió un cuarto de pensión. Pita necesitaba un baño, hacía días que no aguantaba las ganas de pillarse y vomitar. Estaba segura de que era culpa de los cuatro kilos que camarão frito que había consumido en la última semana, así que no se preocupaba, pero sí incrementaba su mal humor.

En planta baja, a menos de dos metros de la calle, estaba el cuarto, oscuro y estancado; las paredes eran de color mostaza invadidas por manchones grises de los años y la humedad. Grandes huecos descascarados en las esquinas y una pequeña ventana corrediza que dejaba ver un puesto de comida sobre la vereda de enfrente. Con algo de suerte o más bien pura casualidad, consiguieron una habitación con baño. Un ínfimo cubículo sin puerta, con una ducha eléctrica y un inodoro.

Pita tiró la mochila al lado de la cama, y la hizo chocar contra la mesita de luz desde donde voló un portarretratos con una foto del Fluminense posando en el Maracanã. El vidrio se astilló y ella suspiró al darse cuenta de que era una foto y no un espejo. Pita era tremendamente supersticiosa. De todas formas, antes de disparar hacia el baño, procuró ordenar lo que había provocado y decir en voz baja un versito protector, no fuera cosa de que su estadía siguiera empeorando.

Chano se tiró panza arriba en la cama matrimonial sin reparar demasiado en las pulgas ni en que el cubrecama no estaba húmedo, como todo en la ciudad, sino mojado.

Pita encontró la manera de hacer de su paso por el baño una situación poco traumática, aunque la descompostura se dejaba palpar por cualquier rincón. Con una voz doliente, le avisó a Chano que saldría a buscar una farmacia. Chano, prefirió no escucharla y se cubrió la cabeza con la almohada.

Tras el portazo inadvertido, Chano se asomó al baño, se calzó las hojotas y giró la llave de agua. Tenía miedo de morir electrocutado pero el calor ya era insoportable. Movió la patita hot/cold pero no había diferencia aparente entre una y otra, así que prefirió la fría presumiendo que de ese modo no correría peligro.

Al salir del baño, el cuarto seguía vacío, pero él no lo notó. Desnudo como estaba, volvió a acostarse; era estúpidamente corajudo. Una hora bastó para que Chano se sumiera en el más profundo sueño.

No mucho tiempo después, alguien llamó a la puerta. Dos o tres golpes amables y unas patadas desquiciadas segundos después. Chano soñaba con la negra de la lambada.

La foto del último día era una cama matrimonial, él durmiendo y Pita haciendo fuerza para abrir la ventana y saltar dentro de la habitación para poder estrangularlo, posiblemente. Tras meter la segunda pierna, el portarretratos del Fluminense volvió caer y Chano abrió los ojos.

-¿Te hago café?

-Uh, sí, sí, dale.

-¡Sos pelotudo, eh!

Chano se quejó y volvió a dormirse.

Pita dio vuelta su mochila, volcando todo lo que había en su interior sobre el borde de la cama. Arrimó la valija de Chano y repitió la operación. Inercambió el contenido, abrió la ventana y tiró la valija afuera. Las cosas de Chano quedaron sobre el piso. Buscó la llave de la habitación y se cercioró de que la puerta estuviera cerrada. Saltó nuevamente por la ventana. Se quedó quieta un momento mirando hacia delante, luego buscó en el suelo de tierra mojada. Consiguió lo que quería. Cerró la ventana y en el marco colocó dos varillas de madera. Paró un taxi y partió rumbo a la Terminal.

 

Cecilia Larregui

Diciembre 2008

domingo, 23 de noviembre de 2008

Noviembre: Marieta & Amparo





¿Cómo era?
Ah, sí, que noviembre muere mañana.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Instrucción cívica

Biblioteca. Colegio estatal. Una bombita de cuarenta pende de un cable pelusiento.

—Yo a vos te enseñé lo que sabía, Elvira, de pe a pa (nerviosa). Todo lo que sabía.

—Concursos son concursos, Marta. Se ve que no estaba de dios que fueras vos.

A Marta la desconcertó esa última frase, “no estaba de dios que fueras vos” hacía eco en los enormes huecos de su cabeza. Marta era cabezona, pero ninguna zonza. Años trabajando en la biblioteca del Comercial, décadas asesorando a la incompetente de Elvira, deseando que alguna vez, alguna decidida vez, pudiera ocupar el puesto de inspectora para, por fin, mandarla al lugar que merecía, de portera, por ejemplo. “No estaba de dios… y la re putísima”, pensaba.

Marta había pasado su intelectual juventud en Normandía, de modo que guardaba todas esas irreverencias para su más íntimo interior. No permitiría jamás mostrarse ante Elvira de una forma tan genuina. No.

Elvira, ¿sabés lo que sucede?cantó por lo bajo Marta impostando una serenidad más que ajena.

—No, Martita, contáme vos —se apuró la orgullosa de ser directora.

—Sucede que estoy cansada, desanimada, chiquita; no puedo seguir un año más como bibliotecaria, considero que es hora de ocupar el puesto que me corresponde y vos sabés muy bien a qué me refiero —sentenció Marta.

 Vamos, Marta, que no es de tanto escorchar. Mirále el lado dulce a la vida: con la edad que tenés, quién quisiera estar en tu lugar. Rodeada de pibes, de libros, comiendo budín de pan en los recreos, vamos —repuso, casi incoherentemente, Elvira.

De pronto, el eco otra vez. “No es de tanto escorchar”, rebotaba dentro de Marta. ¿Qué le pasaría a esa mujer, que ni ocupando el puesto de directora, podía articular el lenguaje mejor que un reprobado? Los nervios le crecían y sus manos deshacían inconscientemente el anillado de un tomo fotocopiado del Curtis.

Buenos, bueno, ¿sabés qué vamos a hacer? Mañana será otro día, hoy más vale dejar las cosas como están y no agregarle una lancha más al Tigre, Martita. No es para tanto, pensálo, además ¿cuánto tiempo más pensás seguir trabajando? Ya es suficiente, ¿no te parece? Quizás no sea mala idea ir  pensando el la retirada, con la antigüedad que tenés… quisiera yo ser bibliotecaria, mirá —escupió la desgraciada de Elvira.

“Salud mental uno, salud mental dos, salud mental tres…”, pensaba Marta hasta que llegó a la décima salud mental. —Elvira, hay días en los que me resulta realmente imposible entenderte (“Y eso que no le sumo lo de la lanchita del Tigre” superpuso el pensamiento a sus palabras). Esto no se trata de títulos, puestos burocráticos, acá se está manoseando otra cosa, chiquita.

El timbre del segundo recreo hizo vibrar los vidrios maltrechos de las vitrinas de la biblioteca.

—Bueno, Marta, no te amargués, pensálo, tranquila a ver si encima te me das por un síncope —dijo Elvira deseándolo de cierta forma y desapareció tras una ráfaga de colonia con aroma a talco Véritas.

“Mañana le meto un barco y se le hunde el Delta”, pensó Marta mientras reacomodaba el anillado que había destrozado como si fuera un cable de teléfono.

“Cinco Espasa Calpe de química, devueltos, un tachón. Dos Romero de quinto, deben, estos pibes del centro me van a escuchar, cruz roja. Cuatro AZ Serie plata, los de geografía siempre vuelven rápido, adentro, tachón. Conflictos y armonías en la historia argentina de Luna, uno y me lo deben; siempre me lo deben”.

—Permiso, permisito —interrumpe Jorge las entradas y salidas de Marta.

—Pasá, querido — siempre amable, ella.

—Te dejo el budincito sobre el escritorio. Hasta mañana —saludó Jorge antes de que se le cayera la cucharita al piso.


martes, 18 de noviembre de 2008

Tres tristes tigres

Marieta, te voy a extrañar.
Marga, alquiláte una casa en la playa.
LAN, copáte con los precios.

martes, 11 de noviembre de 2008

No es mediocridad, es llegar mejor a viejo.

Cambio un día dedicado a estudiar para el parcial de mañana (para el cual no estudié ni hoy ni nunca) por una tardecita de calor en la cocina de mi casa haciendo ceviche con Marieta.

¡salud!

Navidad

Departamento oscuro de planta baja. En el patio, entre restos varios caídos de los pisos de arriba, un arbolito de navidad titilante que todavía no han desarmado. Domingo. Él trae devuelta a la nena. Dormida. Ella, una toalla atada sobre el pelo mojado: ¿Comiste algo?

Mario conoce esa pregunta. Le revienta.

Le revienta saber que hace dos años trabaja con su hija. Le revienta que ella tenga que acompañarlo. Miércoles y domingos, feria, curanto, turistas. Dos días de acordeón y violín, veinticuatro horas de chamamé para gringos que viajan solo para comerse el sur.

Bariloche explota en un enero generoso; la pileta municipal desborda de chicos, puntos negros que bailan  y que se dejan ver desde el centro cívico; las playas sin un espacio de roca, vendedores de ensalada de fruta. Hace calor seco y desde la terraza del departamento de Quaglia y Albarracín se ven los picos nevados.

Desde que dejaron la humedad y la tierra colorada de Misiones, Mario no pudo tomar un mate tranquilo. 

La nena no conoce la nieve. Nunca enterró sus manos en la espuma de hielo, no conoce la sensación fría que quema y enrojece la punta de los dedos. Ella sabe de la tierra, de las uñas negras y cortas que separan las crines de cola de caballo que forman el arco de su violín. Se quita los abrojos de la bocamanga del pantalón y, entre tumbos, se mete en la cama que está en el living, contra la pared compartida con la cocina donde está Mario sentado de espaladas a la ventana. Inés, sobre la mesada, se desenreda el pelo y empapa el ambiente con ese perfume invasor de las cremas para peinar. Mario la ama y eso es lo que lo llevó al sur, aunque cada mañana, al despertar, se pregunte porqué decidió seguirla.

viernes, 31 de octubre de 2008

jueves, 23 de octubre de 2008

El Bloque

NOTA PEGADA CON CINTA ADHESIVA SOBRE LA BOTONERA DE UN ASCENSOR

 

“Se les comunica a los inquilinos de L.N. Alem 452 que el……martes 10…….., a partir de las…10h…, la empresa fumigadora ESTHER MINIO pasará a realizar su trabajo por los departamentos. Se ruega atender a los fumigadores ya que, desafortunadamente, sufrimos una invasión imprevista de bichos munición, más comúnmente llamados bicho bolita.

 

La Administración.

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L.N. Alem 452 1º B

San Isidro (CP1642)

Buenos Aires

Argentina

 

San Carlos de Bariloche, 9 de marzo de 1983

Estimado Coronel Honorio Bote:

                                                           Desde la Escuela Militar de Montaña, le hago llegar a Ud., mi Coronel, las insignias y condecoraciones que me ha pedido. Me he tomado el atrevimiento, mi Coronel, de enviarle la placa de bronce en su honor que, a desgracia, ha olvidado en el cuartel.

Con sumo respeto y honor, lo saluda

Teniente 1ro Raúl Remo.

 

 

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 10 de agosto de 1983

Al Sr. Bote Honorio:

                                   En el boletín adjunto se detalla la información solicitada.

Atte.

I.A.F.P.R.P.M Instituto de Ayuda Financiera de Pago de Retiros y Pensiones Militares.

 

BOLETÍN

Los Retiros y Pensiones Militares se rigen por la Ley Nº 19.101, sus modificatorias y por la Reglamentación de la Ley para cada una de las Fuerzas Armadas. Dicha normativa corresponde a un Régimen Especial de retiros y pensiones que nada tiene que ver con los llamados Regímenes de Privilegios. Sus particularidades más importantes son:

1. El Personal Superior y Subalterno del Cuadro Permanente de las Fuerzas Armadas tiene derecho a un haber de retiro a partir de los veinticinco años de servicios militares, según la Tabla de Porcentajes establecida en la citada Ley.

 2. El Personal Militar en situación de retiro y sus pensionistas continúan aportando el 11% de su haber hasta la extinción del beneficio.

El trámite para el otorgamiento de un beneficio pensionario debe ser iniciado en la Fuerza Armada correspondiente, existiendo a la fecha, un régimen de pagos provisorios.

Una vez otorgado el beneficio, se envía una comunicación de alta al titular, indicando la fecha y el lugar de pago en donde deberá efectivizar el primer y los sucesivos cobros.

*

PAPELES TRABADOS POR EL BURLETE DE LA PUERTA DEL 1º B

Rotisería “Los Cedros” Menú-Mediodía 12/08

 

Colita de cuadril al horno con papas…………………………….        $1050

Soufflé de calabaza gratinado……………………………………       $800

Tarta de acelga o choclo…………………………………………       $600

Milanesa de ternera con fritas……………………………………       $1000

Budín de pan…………………………………………………….        $350

Arroz con leche (me quiero casar)………………………………        $400

 

Tintorería Yatekito

 

Honorio: el gabán y el vestido de gasa verde están listos. Páselos a buscar por favor que no tengo más espacio en los percheros. La capa se la tengo lista para el miércoles a última hora. ¿A quién se le ocurre ponerse spray con la capita puesta?

 

De la estación –Diarios y Revistas-

Sucursal Acasusso

Eduardo Costa 604

San Isidro (1642)

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TIQUE FACTURA B

FECHA 12/08/83

HORA: 15:44

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A CONSUMIDOR FINAL

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PARA TI

4,000 X 700,0                                    2800

ÁMBITO FIN

30,00 X 300,0                                     9000

MACRAMÉ PASO A PASO            

2,000 X 800,0                                    1600   

TOTAL                                           13.400   

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Lanzarote, 9 de agosto de 1983

Papá:

            ¿Cómo te trata la zona norte, viejo? Mucha humedad, imagino. Te escribo por un par de razones:

            Ayer le festejamos el cumpleaños a Memé, no sabés lo linda que está, los dos años le sientan de maravilla, si la vieras correr a Felipe por la playa gritándole como loca “pepe”, le dice Pepe ¿Podés creelo? Pepe en vez de Pipe, qué plato. Hicimos un almuerzo con la familia de Ernesto, algo sencillo, nada de andar con preparativos.

            Por acá, entonces, todo lindo, tranquilo, acostumbrándonos de a poco a la isla, es tan diferente. Yo no sabía que estábamos tan cerca de África, para mi las Canarias eran cerquita nomás de Europa. En fin, qué te digo.

            Por otro lado, y esto es lo importante: Hacéme el favor. La semana pasada tuve la suerte de hablar por teléfono con Nelly y me dijo que todavía no hiciste el trámite de la pensión de mamá. Esas cosas hay que hacerlas, no me hagas fastidiar que estoy lejos y no puedo hacerlo yo, y Nelly ya sabemos cómo es, más vale dejarla con sus cosas que sino después anda reclamando. Sé que tenés que llevar los recibos de pago del ministerio o bueno, no sé, los que le daban en el Normal, si mal no recuerdo los guardaba en una carpetita amarilla en el cajón derecho de la cómoda, la que tiene el vidrio arriba con las fotos de La Falda, esa.

            Bueno, viejo, hacélo y no rezongues. Los nenes y yo te mandamos un fuerte abrazo, Ernesto también por más que se haga el machito.

                                                                                              Graciela.

 

*

SECCIÓN CUENTOS DE “EL ARTE ES MORIRTE DE FRÍO – REVISTA LITERARIA”

 

ENTREGA 1: “Rosa de lejos” Por Lisandro Dedánn

El edificio queda entre las calles 25 de Mayo y Acasusso. Por cada piso de los cuatro que tiene, hay dos departamentos: A (frente) y B (contrafrente, pero más luminoso que el primero).

Los propietarios son todos, en su mayoría, sexagenarios y llevan más de treinta años como vecinos. Es así que se conocen todos con todos y tienen una relación cordial. Han visto crecer hijos y morir a esposas y a esposos en esos treinta años. Yo, sin embargo llevo sólo cinco años viviendo aquí con mi madre y soy el único joven del bloque.

Es notable, ha ocurrido algo insólito hoy. Cuando bajé a buscar la revista de literatura que me llega todos los meses, me crucé con R en la planta baja, y me comentó algo que despertó la curiosidad de todos. Mientras arreglaba el zócalo de una de las paredes, comenzó a contarme de la inesperada desaparición de mi vecino de piso, H. Me dijo que mientras limpiaba el hall de entrada se cruzó con M, la señora del 2do A que se encarga de cobrar las expensas y ésta le preguntó por el Coronel (así le dicen). M le dijo que estaba extrañada que el Coronel no había pagado la cuota de este mes, que había tocado varias veces por día a su puerta durante cuatro días seguidos y no había obtenido respuesta alguna. R me dijo que también estaba atónito: H no acostumbraba a desaparecer de esa manera y el hecho de que se hallara atrasado con el pago de las expensas era aún más que inusitado en su persona.

Por mi parte, debo decir que si R no me hubiese puesto al tanto, creo que nunca hubiese notado la ausencia de mi vecino.

H era un militar de alto rango del ejército de montaña. Era un hombre de por si reservado, en estos cinco años que llevo en este edificio, nuestras charlas no se han prolongado más allá de un austero saludo matutino, cuando ambos bajábamos para comprar el diario. Luego, él salía con su perrita a dar unas vueltas, para regresar y encerrarse en su departamento, por lo tanto, siempre me había parecido un personaje algo fantasmagórico; recién hace dos semanas supe que era viudo.

Pero, desde que ella apareció he comenzado a fijarme cada vez más lo que sucede en el departamento que le pertenece, ¿o pertenecía? al Coronel; no hace ninguna diferencia no conocer su rostro, ni su voz, ni siquiera el porqué y el cómo de su súbita aparición me importa. Sólo sé que estoy enamorado y que a pesar de mis 19 años no estoy dispuesto a perder la oportunidad de conocerla…

 

Continuará.

 

*

 

ARTÍCULO APARECIDO EN LA REVISTA PARA TI DE NOVIEMBRE

 

Muebles y objetos de antaño para la decoración de hoy

En este mes que llevo en Amsterdam he aprendido algo sobre mí. Me gusta, me tranquiliza y me calma el alma el estar rodeada de historia. Pasear por calles empedradas, exuberantes parques de árboles milenarios, antiguos canales y puentes de piedra, u observar que las casas se apoyan torcidas las unas en las otras cual elegantes ancianitas fatigadas me llena del indescriptible sentimiento de pertenecer a la humanidad, de venir de algún lado, de ser una microscópica partícula de un largo camino, que en este punto se encontró conmigo.

 

Los anticuarios son lugares que, por instinto, busco en cuanto llego a una ciudad y muchas veces las amo en función de estos pequeños reductos llenos de vivencias pasadas que se reflejan en sus muebles.

En París o Londres los anticuarios reflejan más que nada su esplendor histórico, pero es en Madrid con su carácter cotidiano y desordenado donde he encontrado los anticuarios más eclécticos, variados, alegres y amistosos.

 

De entre ellos una de mis tiendas favoritas es La Europea. No se por qué, pero así son los grandes amores. La simpatía de sus dueñas, el macho pato disecado, ese mejunje de muebles y objetos inútilmente bellos que a mi tanto me emocionan ¿Quién sabe? El caso es que me gusta y mucho.

Eugenia y Sonia renuevan constantemente su stock, trayendo joyas de todas partes gracias a sus viajes. Su buen gusto refleja una predilección por los muebles antiguos, que realmente parecen antiguos, y que restaurados o no, mantienen el sabor elegante o rústico del pasado. Quizás a ellas les pasa como a mí: la restauración es indispensable, pero que no se note.

 

 

TRANSMITE LRA1 RADIO NACIONAL BUENOS AIRES, REPÚBLICA ARGENTINA Y LS 82 ATC CADENA NACIONAL PARA TODO EL PAÍS. HABLA A LA NACIÓN ARGENTINA EL PRESIDENTE RAÚL RICARDO ALFONSÍN.

 

(…) “Todos somos humanos y falibles, pero esta vez no contamos con mayor espacio para el error o la flaqueza. No debemos fallar. No fallaremos. Y si al cabo de nuestros mandatos hemos cumplido con aquellos grandes fines del Preámbulo de la Constitución que alguna vez nos hemos permitido recordar de viva voz como ofreciendo a la gran Argentina del futuro nuestra conmovida oración laica de modestos ciudadanos, entonces, como también lo hemos dicho en más de una ocasión, nada tendremos que envidiar a los grandes personajes de nuestra historia pasada, porque esta generación, la nuestra, tan hondamente agitada por las luchas y las frustraciones de este tiempo, habrá merecido de su posteridad el mismo exaltado reconocimiento que hoy sentimos nosotros por quienes supieron fundar y organizar la República.

Con el esfuerzo de todos, y unión y libertad, que así sea”.

 

 

DIARIO ÁMBITO FINANCIERO, 11 DE DICIEMBRE DE 1983

Alfonsín prestó juramento ante la Asamblea Legislativa reunida en el Palacio Legislativo, rodeado por representantes de todas las fuerzas políticas, jefes de Estado y delegaciones de primer nivel de países extranjeros, los ex presidentes constitucionales Arturo Frondizi y María Estela Martínez de Perón, legisladores y autoridades nacionales electas.

Tres minutos después de las 8, Alfonsín entró en el recinto de la Cámara de Diputados en medio de los aplausos de quienes colmaban el lugar. En el mismo acto, prestó juramento como vicepresidente Víctor Martínez, tras lo cual el presidente dirigió su mensaje a ambas cámaras legislativas, difundido por la cadena nacional de radio y televisión.

El discurso fue varias veces interrumpido por los aplausos. El mensaje se extendió 60 minutos. A las 9.10 se entonaron las estrofas del Himno Nacional, tras lo cual el senador Edison Otero dio por concluida la sesión.

El flamante presidente constitucional fue a la Casa de Gobierno en un automóvil descubierto, en compañía de su esposa, y precedido por un batallón de Granaderos a Caballo, siendo aclamado en todo el trayecto por una bulliciosa concurrencia que lo vitoreó sin cesar y cubrió la Avenida de Mayo y el vehículo con papeles celestes y blancos y flores.

 

*

 

 

LISTA DE LOS MANDADOS SOSTENIDA POR UN IMÁN, RECUERDO DE CERRO OTTO.

ü      Café La Morenita

ü      Agua tónica

ü      Gancia

ü      Zapallitos

ü      Tomates

ü      Leche

ü      Papel higiénico

ü      Acetona

ü      Jabón de tocador

ü      Azúcar

ü      Mermelada de naranja

ü      Fijador spray

ü      Clavos de acero

ü      Pomada borravino

 

NOTAS ENGANCHADAS AL PICAPORTE DE LA PUERTA DEL DEPARTAMENTO DE HONORIO BOTE POR RAMÓN

Señor:

            Le pido por favor que mañana por la mañana atienda al muchacho de la fumigación porque la semana pasada no lo atendió nadie y es importante que terminemos con la invasión de estos desgraciados.

Ramón.

Pa:

            Vine a traerte la postal que mandó Graciela, para que la vieras nomás, pero no estás. ¿Dónde estás, che? Me dijo el portero que no te ve hace tiempo. No te la dejo porque andá a saber si alguien mete mato y me la roba. Paso en otro momento. ¡Ah! ¿Quién es el pibe del A que escucha Virus a todo lo que da?

Nelly.

*

SECCIÓN CUENTOS DE “EL ARTE ES MORIRTE DE FRÍO – REVISTA LITERARIA”

 

ENTREGA 2: “Rosa de lejos” Por Lisandro Dedánn.

Yo no estaba acostumbrado a escuchar ruidos provenientes del otro departamento, menos a esas horas de la madrugada, por eso, cuando escuché unos tacos afuera del departamento, y luego el ruido de alguien buscando las llaves, me sorprendí. Me levanté de la cama trastabillando y me aproximé a la puerta, acerqué un ojo a la mirilla y la vi. Más o menos, porque sólo alcancé a verla de espalda y parte de su cabeza. Llevaba sólo un pequeño bolsito. Era una mujer de gran estatura y de contextura fornida; iba vestida de gala. Luego, cerró la puerta y la perdí de vista.

Tambaleando en la oscuridad, me senté un momento a pensar. Esta mujer era una total desconocida, sin embargo tenía las llaves de la casa del Coronel. Y ¿dónde estaba el hombre?, ¿estaría gravemente enfermo?, ¿de viaje por La Polinesia?, ¿habría estirado la pata? ¿Quién cuernos era esta señora?

Víctima de un rapto de ansiedad, tomé una libreta y comencé a formular hipótesis acerca de todos estos extraños episodios y me quedé a la espera de que, por alguna de esas casualidades, la mujer saliera otra vez del departamento.

Pasé las siguientes horas con la mirada fija en el reloj de la video casetera y escuchando el zumbido del motor de la heladera. En ese estado de hipnosis causado por el tintineo de las lucecitas de la video me hallaba cuando, a las 5.37 de la mañana, volví a escuchar movimiento fuera del departamento.

Corrí precipitadamente hacia la puerta, en el trayecto dejé que mis anteojos volaran, hasta estrellarse contra el piso, para luego ser pisados por mi descalzo pie derecho. Pero por el momento, mi mente sólo operaba para llegar a la puerta lo más rápido posible. Sólo vi una imagen difusa de una mujer de pelo castaño, pero sé que era ella. Llevaba anteojos para sol de un tamaño considerable, algo bastante curioso, dado que todavía no había amanecido.

El otro detalle que escuché junto con el taconeo de la mujer fueron los trotecitos de la perra del Coronel. Luego, sentí cómo las dos bajaban por la escalera. Me percaté de que la mujer, probablemente, saldría del edificio a pasear a la perra, por lo que nuevamente inicié una carrera hasta la ventana. Me fue sorprendente el hecho de que la mascota del Coronel fuera tan simpática con una desconocida, ya que la pequeña bestia era una de las criaturas más hoscas que haya conocido.

Sin pensarlo, salí a la calle y comencé a seguirla. Descalzo y todavía en calzoncillos y camiseta. La seguí a una distancia segura hasta el quiosco de diarios. Ahí, pidió Ámbito financiero y la revista Para Ti y continuó caminando hasta la panadería de donde salió con un paquete de cañoncitos de dulce de leche, que luego convidó a la perrita.

Dieron la vuelta manzana y regresaron al edificio. Dejé que entraran con tiempo y luego de un rato entré yo. R estaba barriendo la vereda y me abrió con una sonrisa chabacana por mi atuendo, pero al notarme tan apurado prefirió abstenerse de hacer algún comentario. Cuando llegué al primer piso, la mujer ya había ingresado a la casa del Coronel.

Decidí quedarme todo el día, de esa forma conseguiría controlar cada movimiento que ella hiciera…

Continuará.

*

Lanzarote, 23 de diciembre de 1983

Viejo:

            Qué bueno que escribiste, por fin. No pasó tanto tiempo desde la última carta, pero te confieso que me había quedado algo preocupada.

            Entiendo que los trámites sean un plomo, pero es un tirón más. Si ya tenés todo organizado es más fácil. ¿Los recibos estaban donde te dije, no? Me acuerdo patente de esa carpetita, mamá se volvía loca cada vez que yo metía mano en ese cajón. Para mí que guardaba algo secreto… no, chiste. Entonces, con eso ya está, una mañana te armás de paciencia, te comprás algo rico en la panadería y te vas a hacer la cola al PAMI sin chistar, viejo.

            Hablé con Nelly, me llama cada dos por tres ahora. Parece que la dejó el novio, es un atorrante ese pibe, yo lo vi un par de veces antes de venirnos para acá y, la verdad que no me gusta ni medio. ¿Por qué no te das una vuelta por su casa? Me dijo que el otro día pasó por el departamento y que no estabas, era para mostrarte la postal que le mandé, pobrecita.

            En fin, te dejo porque tengo que llevar a Memé al dentista; me da miedo, no sé cómo son los gallegos con los dientes. Pobre nena.

            ¡Beso grande, Pa!

                                               Graciela.

P.D.: ¿Qué tal es Alfonsín?

*

SECCIÓN CUENTOS DE “EL ARTE ES MORIRTE DE FRÍO – REVISTA LITERARIA”

 

ENTREGA 3: “Rosa de lejos” Por Lisandro Dedánn.

A eso de las 12.10 del mediodía tocaron a la puerta del departamento contiguo. Observé por la mirilla a un joven con un paquete, al parecer, de ravioles, pero nuevamente, no podría precisarlo. Al rato la puerta se abrió y la mujer lo atendió en bata de seda; estaba muy guapa o eso imaginé. Para mi sorpresa, el chico pasó adentró y la mujer cerró la puerta.

Pasaron diez minutos y el joven salió con un sobre tamaño carta.

Más tarde, decidí bajar y hacerle un interrogatorio a R, esta vez tomé la precaución de ponerme los pantalones. Cuando bajé, R limpiaba el ascensor. Me dirigió una mirada socarrona y, con una sonrisa me preguntó si se me había dado por hacer jogging matutino. No le respondí, pero sí le pregunté si sabía algo nuevo del Coronel. Dejó de pasar el trapo y me dijo que M había recibido el pago de las expensas que debía H en un sobre que le habían deslizado por debajo de la puerta, algo de por sí insólito, pero que por lo menos significaba que el Coronel había vuelto, o si no se había ido nunca, que había tomado la sabia decisión de ponerse al día con el pago de sus impuestos.

Llegué a la conclusión de que R desconocía el hecho de que una desconocida estaba viviendo en la casa del Coronel, y que seguramente, ella se había encargado de saldar la deuda. No sé por qué, pero instintivamente no dije nada y seguí sólo con mi investigación.

Comprendí que el joven había sido el encargado de entregar el sobre y que era obvio que la mujer prefería mantenerse en el anonimato. Sólo salía a altas horas de la madrugada para mantenerse fuera de la vista de todo.

Decidí pasar por el quiosco de diarios y hacerle un par de preguntas a T y por último, pasar por “La Reina” para conseguir algún indicio y, de paso, llevarme media docena de cañoncitos. Ninguno supo darme información válida. La describieron como una persona bastante corta de palabras, hacía su pedido, pagaba y se iba sin más. Aunque, a ambos le llamó la atención que estuviera tan bien vestida y que llevara lentes oscuros a las seis menos cuarto de la mañana. También mencionaron algo sobre su voz, como de fumadora vieja; pero nada más que me condujera a algo más allá de lo que ya sabía.

Me sentí frustrado, no había indicio alguno de quién era esta mujer, y cómo se relacionaba con la desaparición de H; me estaba desesperando. Pero lo que más inquieto me ponía era otra cosa: esta persecución obsesiva, este misterio que rodeaba a tan bella mujer me estaba haciendo sentir cosas que jamás había sentido por alguien. Toda esta situación me tenía muy confundido y excitado. Fue entonces que llegué a la conclusión de que para que el misterio fuese develado sería necesario entrar a la casa del Coronel por medios ilícitos, aunque fuera en contra de la ley.

El allanamiento se llevaría acabo de la siguiente manera: primero, necesitaría una ganzúa y una que otra herramienta para forzar la cerradura. De no resultar, la tiraría abajo a golpes con una maza y, en su defecto, simplemente la prendería fuego. El ruido no sería un problema, todos los que viven en el edificio por la noche no usan audífonos.

Ya para ese entonces, mi trastornada ansiedad y mi locura no dejarían lugar para hacer un trabajo más fino, sino, nunca llegaría a conocer a la mujer que me desvelaba. Ya nada me importaba.

Una vez que la puerta dejó de ser un problema, entré al recinto donde vivía mi amada. El ambiente olía a un perfume dulce y era evidente que la decoración respondía a un gusto delicado. Las figuras de porcelana, los tapices con motivos florales… ¿la colección de armas antiguas? Dejé la ganzúa sobre la mesa y empecé a recorrer los demás ambientes.

Entré a la cocina, luego a su dormitorio y, por último, al baño. Y ahí lo noté. Las dos tapas del inodoro estaban levantadas y un dejo de líquido amarillo ensuciaba el excusado. Mi corazón paró de latir y sentí que toda la sangre se me iba al estómago. Luego, sentí que alguien entraba al departamento. La pude ver de cerca. Todos mis temores y mis sospechas se confirmaron: el Coronel era Rosa de lejos, ni más ni menos.  



gracias mercedes.

viernes, 10 de octubre de 2008

El amor

Despertarme, subir la persiana y escucharlo entrar con una bandeja llena de tostadas, manteca, azúcar y un café.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Absolut vacío

-Mi lavarropas no funciona.
-Mi hermano está en casa.

lunes, 6 de octubre de 2008

Fuckin' bitch

El chico del oeste era cocinero, medio nena y no paraba de decir "ok" ante cualquier proyecto de diálogo que intentábamos mantener con él. 
"El Moreno está bueno, ok, y me gusta el dulce de leche, ¿sí?, ok". Che, te voy dejando (así, de modo lento, como congelado, ¿ok?) con  todo el gerundio sobre la mesa y mi tazón con sopa de zapallo.
"Ok, nos vemos..."

-en un vieja libreta de viaje-

viernes, 3 de octubre de 2008

Encargo

M me encomendó lo siguiente:
Formular una lista de 6 foutaises que me hagan feliz.

Veamos:

  • Manejar con las ventanillas abiertas un día de calor mientras escucho a Manu Chao.
  • Recordar la sensación (en mi mano) de la mano de mi abuela Loli .
  • Estar frente a P y verlo sonreír.
  • Viajar sin importar a dónde.
  • Haberme dado cuenta, en un vivero, de lo mucho que sabe mi vieja de plantas (legajo de Loli).
  • El perfume de los naranjos en los primeros días de la primavera.
Ahora debo pasarle la pelota a seis personas (¿conozco a seis personas?):

Diálogo

X: La religión es algo superado.
J: Sí, en el club de fans de Nietzsche...

SMS

Madre G a Hija C:

"Vine a lo de barBero.Desp 
te llamo. Silvia te mando
BereNJenas.Besito"


Estas cosas me hacen desternillar (!) de risa.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Patada ninja

Un viernes cualquiera, Pablo y Yo tomamos una cerveza en el bar amigo. 
Pablo: El otro día le pregunté a Berni si quería hacer algun deporte conmigo... 

"P: Che, Berni, te copas para hacer algo? Ninja, por ejemplo.
B: No, prefiero ser zombi
P: Nah
B: Sí, requiere menos compromiso, para ser Ninja hay que hacer una búsqueda interior del espíritu y no."
Folleto que le muestra Pablo a Berni:

NINJA
Escuela de entrenamiento gran maestro: 
ISHAO NISHI TSUSIMA
NINJA SAIGA RYU NINPO

-Goshin Jutsu: Defensa personal
-Kumite: Combate práctico
-Randori: Lucha en el piso
-Keiki Geiko: Más de 25 armas
-Odo Korutso: Arte de improvisar armas
-Henso Jutso: Disfraces
-Yaguen: Herboristería
-Oshin Jutso: Camuflaje invisibilidad
-Shinobi Iri: Desplazamiento silencioso
-Yagai Geiko: Entrenamiento de campo
-Hiki-Zuro: Técnicas de leer rastros
-Wana: Trampas

TODO TIPO DE COMBATE - ESGRIMA - ANTISALTO - ANTISECUENTRO - TÉCNICAS POLICIALES - CULTURA JAPONESA

Club Atlético Platense
Gral. Paz  y Zapiola a 4 cuadras de Cabildo.
Pitbull Gym
(dirección)
Gym Super Power
(dirección)

jueves, 25 de septiembre de 2008

Moris x dos

Esta mañana, discutiendo sobre los aspectos de los textos lógico-conceptuales:

"A ver... por un lado tenés el aborto y la eutanasia, y por otro, las verdades científicas y el gusto por el chocolate".

Minutos más tarde:

J: ¿Qué hora es?
C: No sé.
F: 12.05
C: ¡Ah, buee!
J: ¡¿12.05?! Se me enfría el puré. ("Seguimos el jueves que viene")

(Hay días en los cuales la gente se levanta particularmente graciosa)

domingo, 21 de septiembre de 2008

Podemos hacer más de dos cosas a la vez

(???)

De aburrida-ansiosa, nomás, reviví a un viejo amigo:


sábado, 20 de septiembre de 2008

Septiembre de música

Ayer, Lisandro Aristimuño, ND Ateneo.
 Palo Pandolfo de invitado: cómo me reí (genio)

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Samba meu


Hoy Maria Rita

sábado, 13 de septiembre de 2008

El dilema nuestro de cada día

- ¿Qué querés tomar C?
- Café.
- ¿Chico o grande?
- ... la taza roja.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

¡Susana, Graciela, Moria, abstenerse!

Nota de la autora -esa vengo a ser yo-: ¡hoy me puse seria, canejo!

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Ayer escuché en dos programas de televisión, curiosamente, hablar sobre la ciudad que parece esconder el secreto de la juventud eterna. ¿Hechizos, chamanismo? Veamos:

A 1500 metros sobre el nivel del mar, y a 41 km al sudeste de la provincia de Loja, en Ecuador, se extiende el valle de Vilcabamba, más conocido como “El valle de la longevidad”.

Este lugar, aparentemente, suspendido en el tiempo, se hizo un poquito famoso, allá por la década del 60 cuando unos doctores encontraron a la población más longeva del mundo. Se decía que allí, las personas vivían hasta los cien años y que muchos habían alcanzado los 135 abriles.

Un descubrimiento semejante no pudo huirle al curro turístico y no faltaran jamás, en ningún centro de informes o en ninguna página web, folletos informativos sobre el mítico valle que preserva el secreto del pibe eterno.

Sin embargo, Vilcabamaba no fue tocada por extraterrestres ni esconde pócimas secretas que hagan de nosotros un personaje de Günter Grass, como insinuaron en la tele. Más bien, nada eso.

Para empezar a atar algún cabo, podríamos tomar el factor geográfico. Como  mencioné anteriormente, el valle de Vilcabamba se encuentra a más de mil metros de altura y lo rodean algunos de los picos más altos del Ecuador, alcanzando los cuatro mil metros y todavía más; altitud suficiente para contar con un clima templado, seco y sin cambios abruptos de temperatura.

La formación norte de los Andes tuvo, como el resto de la cordillera, enormes glaciares que con el correr de los años fueron derritiéndose dando lugar a lagunas, por ejemplo, las del Parque Nacional Cajas en la provincia de Azuay, al norte de Loja. El suelo rocoso, propio de este tipo de ecosistemas, es decir, del páramo,  es poco fértil ya que tiene simplemente unos centímetros de tierra negra, razón por la cual estas zonas no son explotadas a nivel agropecuario. No obstante, cuenta con una vegetación particular y fundamental para el desarrollo de sus pobladores. Del mismo modo que la altura y las temperaturas impiden el pastoreo o el cultivo, impiden que la flora –un pasto muy duro con aspecto plástico-, al morir, se pudra. Por lo tanto, la vegetación que cumple su ciclo de vida no se descompone, si no que el nuevo follaje crece sobre este creando una especie de esponja. En concreto: crea un filtro natural para el agua de lluvia y para la de las lagunas propiamente dichas.

Este tipo de suelos se extiende, casi en su totalidad, a lo largo de todo los Andes, y los minerales presentes en esta formación rocosa es similar también. ¿Por qué digo esto? La presencia de calcio, magnesio, manganeso, hierro, es constante;  como así también de metales como el oro o la plata tan codiciados en nuestro continente. O sea, del mismo modo que en la mismísima Argentina, salvo que allá arriba, en Vilcabamba, no se practica la minería y de este modo el mercurio u otros componentes tóxicos no contaminan el agua de las lagunas ni la de los ríos que desembocan en el valle. Debido a esto, nos podríamos arriesgar a decir que todos los minerales del agua de Vilcabamaba y de la usada para el cultivo provienen de una fuente exclusivamente natural y tienen el balance perfecto para el consumo humano, ¿interesante, no?

Una de las cosas que escuché decir ayer en Mañanas Informales y en Duro de domar, fue la atribución mágica que se le concede a esta población, como es la juventud ósea y la ausencia total -sí, total- de enfermedades. Por ejemplo, no existe la osteoporosis en personas mayores; se ha determinado que poseen la misma cantidad de minerales y contundencia que la masa ósea de un adolescente. La ingesta directa y natural de calcio, magnesio, está presente en el agua de todos los días; al alcance de cualquier canilla.

Ahora bien, podría ahondar mucho más en lo que respecta al suelo, clima y demás pero, ¿no creen que exista un detonante fundamental para que en este pueblo, sus habitantes disfruten de una larga vida?

Análogamente, Cuba posee la mayor tasa de “cienteanieros” por habitantes del mundo y, por el contrario, la isla cuenta con una Sierra Maestra que no asciende más de mil novecientos metros, además de tener completamente otro tipo de suelo.

Entonces, sabemos que es indiscutible la pureza en los altos valles de la cordillera, pero no todo se simplifica a eso.

Me detengo en Ecuador que es lo que me llama a escribir esto. Saliendo de Quito, Guayaquil, o de las grandes poblaciones que, aislando diferencias puntuales, nada tienen de diferente al resto de las ciudades latinoamericanas, el estilo de vida es otro. No nos debería sorprender ver en Vilcabamaba a hombres en sus setenta u ochenta años laboralmente activos, caminando varios kilómetros por día, trabajando la tierra. Es cierto, entonces, que este estado se lo puede asociar al buen clima y al agua pero, también es cierto que la actividad física, una dieta saludable, el contacto con la naturaleza, la relación casi fraternal con el origen y, por qué no, el desplazamiento del vocabulario del término estrés, son fundamentales.

Como todo en este mundo, Vilcabamaba se está haciendo conocido, -en mi opinión: demasiado- y es, entre otras cosas, parte de la ruta obligada para los viajeros que pasan de Ecuador a Perú o viceversa. Cada vez hay más personas instalándose en la zona poniendo spas, hoteles, restaurantes. Cada vez hay más gringos, ecuatorianos –que migran de otras ciudades-, argentinos, ávidos de contagiarse aunque sea un poquito de estas cualidades, a simple vista, mágicas. Pero, ¿somos capaces de beneficiarnos con la sabiduría del valle o ya venimos con la semilla de nuestra propia destrucción?

 


 

martes, 9 de septiembre de 2008

¿A ver quién lo roba primero?

Volviendo a casa desde Belgrano City.

"Rancho Paradise"
, pensé.
¿No creen que es un título digno para un tema de Manu Chao?

No pueden decir que no.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Cajita de música

El descubrimiento del día:


¡enjoy!

Un domingo que

ya es lunes.

tengo puestas las medias marrones que compré en la costa un día de mucho frío, sin sol, sin verano, hace más de cinco años y no puedo creer que todavía sigan íntegras aunque un poco decoloradas.

él se está bañando. tiene un resfrío fulminante, tanto que lo atacó hace no más de unas pocas horas y ya está, caput, el aire no pasa.

se está bañando. le dije que respirara fuerte el vapor.

en cuanto a mi: los pies fríos pero sonriendo de ratos.

vimos una película. Once, ¿alguien la conoce? la música es hermosa; antes de meterse en la ducha le dio play al reproductor. acá estoy entonces, escuchando las canciones compuestas por los mismos protagonistas de la peli. bueno, ¿no?

el teclado de P me cuesta un perú. tiene ondulaciones, el tilde en otro botón, pero confió en que le voy a encontrar la vuelta. yo le tengo miedo a los botones ajenos. cualquier artefacto que no es mio y que llega a mis manos es tratado de una forma muy particular. en realidad, lo particular es que no es tratado, no toco nada y, si lo hago, lo hago con extremo terror, siento, continuamente, que soy capaz de desconfigurar el mundo al presionar un botón ajeno.

hoy, después de cenar (milanesas con puré), me recosté en la cama, me abrigué con la bolsa de dormir azul y cerré los ojos. P escribía, no sé qué, yo pensaba en Loli y me sonreía. Loli es mi abuela. y la pensé largo rato, me fui de viaje a su casa en san fernando, al fondo, a la ligustrina, a los pajaritos, a la imagen imborrable que tengo de ella regando las plantas cuando bajaba el sol y, de golpe, parada frente a la mesada de la cocina picando perejil y terminando de freír mis papas fritas para ponerlas en el plato hondo de vidrio marrón.

en este tipo de pensamientos es difícil poner comas o puntos es todo tan.

cuando pasan (ustedes) mucho tiempo frente a algo, supongamos, al monitor de la computadora, y después de un rato deciden volver a mirar lo que dejaron atrás, ¿no encuentran ese atrás curiosamente extraño?

creo que ahora estoy escupiendo pensamientos que nada tienen de célebres. pongamos un punto acá.

hoy tengo las medias marrones que compré en la costa un día de viento. P sigue en la ducha pero, hace bastante que no me sentía tan acompañada como en este preciso momento.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Rien de rien.


Un segundo.

El silencio de esta noche me molesta, 
pero puedo oír, aunque más no sea,
la bocina del último tren.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Gremio del or...

Amigas, si no cuentan el tiempo suficiente para leer, tejer un gorro a crochet, hacer un curso de auto maquillaje, saquensé un turno con su ginecólogo amigo.


martes, 2 de septiembre de 2008

¡Patio, yo te quiero!

  • jazmín del cabo
  • lavanda dentata
  • marimonia
  • ruda
  • romero
  • violeta de los alpes
  • kalanchoe
  • menta

jueves, 28 de agosto de 2008

El día que me volví cursi *

Esto podría empezar con la historia del déshabillé, mi déshabillé, pero no, no creo que pueda. Me genera una incapacidad tal que se me frunce la cara y siento cosquillas en la nariz. Tantas, tantas que no creo poder hacerlo, no soy capaz.

Siempre es difícil el comienzo; los principios de las cosas, siempre, pero siempre generan un no sé qué, una discusión, un revuelo, una sonrisa, un gesto de duda y terror. Salir de la cama a las siete menos veinte y no saber si ponerse la pantuflas o el déshabillé; bañarse y después cepillarse los dientes o al revés. Entrar a un café y pensar en si es más prudente ir al baño al ingresar o esperar a tomar lo que sea: el cortado o el submarino e ir al baño luego de pagar la cuenta. Esa duda, siempre la duda.

Hoy, después de levantarme, de bañarme y cepillarme los dientes, no necesariamente en ese orden, me puse las medias tres cuartos rojas. Una de las dos tiene un agujero en el talón. La otra no.

Es un sábado de invierno y hace muchísimo frío, entonces, ahora pienso en que si me conviene prender la estufa halógena, si poner a calentar el agua para la segunda tanta de mate o si en realidad lo mejor sería ir a buscar el saquito punto yérsey de entrecasa que me hizo mi abuela, la buena, cuando yo era todavía niña. Me tomo dos minutos para volver a cero: abrigo, agua, halógena.

La yerba que empecé a comprar hace unos meses me gusta. Y no porque siga el patrón generalizado de los paquetes de yerba. Los hay los todos rojos, los azules con centro rojo, los blancos con letras rojas, los verdes con la tranquera roja. Pero no. Este es todo verde, distintas gamas de verde y un poco de blanco en el centro para que el nombre reluzca. En la parte superior de la caja, porque esta viene en caja, no en paquete, dice Barbacuá, personalidad robusta y sabor levemente ahumado. Casi como Piedrabuena, el casero del campo que teníamos en 9 de julio. Bar-ba-cuá, divino diptongo creciente guaraní, ¡ja! ¿A quién engaño? El proceso de la yerba, o más bien, de las hojas a la yerba es lo que me interesa; por motivos de salubridad, supongo, dejaron de secar las hojas en parrillas. La de mi yerba se hace en una especie de horno de barro. Kilos de hojitas ahí dentro, un túnel, fuego en la punta. Combustión lenta, gases calientes, y las hojas se vuelven quebradizas y listas para el consumo. Es el claro ejemplo del derroche exacerbado. Cien kilos de hojas verdes reducido a veintitrés de una exquisita e incomprendida yerba mate seca con un cinco por ciento de palitos.

Muchas veces me tomo dos minutos para volver a cero (podrían ser sesenta y siete segundos, pero me gustan los números redondos, suenan más convincentes). Levanté el pie derecho y me puse la media roja, la que tiene el agujero en el talón. La otra, la del pie izquierdo no. Digo, no que no tiene agujero en talón, sí que me la puse. Tiré fuerte de cada una de ellas, llegaban a unos centímetros por debajo de mis rodillas, blancas, bien blancas del invierno. Por un momento sentí un temblor, una mueca rara debía tener entre las cejas. Así como una magdalena puede evocar la infancia de un hombre, toda la vida de un hombre, las medias rojas me había llevado a un momento preciso de mi vida cuatro años atrás.

Hace cuatro años (que podrían haber sido tres años y seis meses), era de noche. Yo tenía dieciocho años o quizás los estaba por cumplir. Sí, tenía diecisiete. Andrea y María, me acompañaban.

Curiosamente, quizás, también era sábado, sábado a la noche y yo quería salir. Necesitaba compensar las horas de encierro en el local. De golpe, el recuerdo de un bar que había abierto sus puertas hacía muy poco, que quedaba cerca de mi casa, que era tranquilo, para un público un poco mayor que nosotras, con música en vivo. Se podía decir que era precariamente perfecto para la ocasión.

Caminamos siete u ocho cuadras hacia el bajo. Se sabe que el bajo de cualquier ciudad siempre tiene algo de agradable; el viento es diferente, las caras, los faroles; claro que hablo de un bajo de los ochentas y no de uno con conventillos, burdeles y milongas, que de todas formas presumo que debían ser bastante pintorescos.

Frente a una puerta cancel entreabierta, había una escalinata y un pizarrón lleno de inscripciones en tiza de colores que nos informaba algo así como que a las once había comenzado a tocar un dúo de guitarras que reversionaba temas de Sting en (reversionar a? en? Igual no creo que exista la palabra) bossa nova. “Lindo”, pensamos sin acotar nada más. Le dimos rienda a los treinta y nueve escalones. En la cumbre, miramos para todos lados y fuimos hacia donde estaba la música. Era una casa antigua, a simple vista acogedora, con un gran patio en el centro rodeado por una galería. Entramos por una de las tantas puertas que había, casi al azar, y vimos a dos pibes tocando. Eran ellos, claro.

Lamentablemente, en un principio, estaban todas las mesas ocupadas. Nos quedamos paradas unos dos minutos (que ya sabrán que podrían haber sido cincuenta segundos o cuatro minutos y medio). Nos sentimos un poco observadas por la gente, toda muy mayor y maquillada, hasta que se nos arrimó una señorita muy amable con una sonrisa de otro mundo, o de los lugares donde va gante mucho mayor que nosotras y nos hizo pasar a otro de los tantos ambientes que tenía la casona. Nos advirtió que ­­ahí no íbamos a tener música, que no habían instalado los parlantes todavía. No nos importó demasiado y fuimos tranquilas a lo que en algún otro momento, muchos años atrás, debió haber sido la habitación de uno de los integrantes de esa numerosa familia, quizás el más agraciado, porque tenía un ventanal enorme que daba a la plaza Mitre. Pero, lo interesante, al menos en ese brevísimo instante en el cual me encontraba parada ante la puerta, con un pie (el derecho, el de la media roja todavía sin agujero en el talón) adentro y el otro afuera, no fue el asombro de ver el ventanal que había advertido primero María, sino el temblor que me recorrió el cuello al mismo tiempo que Andrea me tironeaba del suéter.

Era una habitación pequeña con piso de pinotea y una de las paredes con ladrillo a la vista; ¿el ventanal?, sí, con vista a la plaza, pero frente al ventanal había un sillón. Tres sillones, en realidad, y una mesa ratona en el centro. La luz era imperceptible, sólo un foco colocado en un rincón apuntando hacia el techo, alto, de unos tres metros. Cerca, muy cerca de los sillones, había una mesa redonda con una vela, una macetita con una flor de cuestionable frescura y tres sillas.

Paro dos minutos y vuelvo a cero: estoy con un pie adentro y con otro afuera, siento un temblor que me recorre el cuello y el tironeo de Andrea. Lo primero que veo, antes del piso de madera, de los ladrillos y del foco, es a él, sentado en uno de los sillones frente al gran ventanal. Él con todas las letras, con una campera beige y con una polera roja. Roja. Si alguien puede afirmar que existe el amor a primera vista, ahí estaba sucediendo. Me estaba sucediendo.

Me paralicé por un momento. Nos sentamos en la mesa redonda y abrimos el menú. Esa noche tomamos café; dos cafés para las chicas y un café doble recargado para mí. Según como nos habíamos sentado, había quedado no de frente ni de espaldas a él, sino que de costado, nunca una peor ubicación frente al que sería mi primer amor. ¿Cómo haría para mirarlo? Girar la cabeza deliberadamente cada cinco minutos hacia mi izquierda me delataría enseguida. En cambio, si hubiese estado de frente, ¡ah!, así todo hubiese sido más simple. Lo podría haber mirado toda la noche, todo el tiempo, simulando ver el fotomontaje de Jeff Koons comiéndose a la Cicciolina que colgaba de la pared de ladrillo a la vista o mismo el ventanal que daba a la plaza Mitre con sus faroles tan del bajo. O, sencillamente de espaldas, sí hubiese estado de espaldas, me podía ahorrar mirar, aunque sea sin querer, ese póster tan kitsch, y las chicas me contarían si me estaba mirando, qué estaba tomando, cómo se acomodaba el cuello de la polera; y él, pensaría en mi cara, en cómo sería mi cara, en qué estarían haciendo mis ojos, en cómo me acomodaba las medias rojas que se me hundían en las zapatillas.

Pero no. Había quedado de costado; al costado de ese hombre que conservaba un parecido casi inverosímil con la estrella pop más querida, y amada, y santificada de aquel momento; pero no es necesario que diga que ese no fue el motivo para que mi cuerpo sufriera el potencial congelamiento…

¿A quién engaño? Unas semanas más tarde volví a Satélite Kadmon (así se llamaba el bar). Ya con movimientos y postura de habitués, María y yo, nos acercamos a la misma habitación de aquella noche. Esta vez, la sala estaba vacía, de modo que tuvimos la suerte de poder apoderarnos de los sillones. No pasó mucho tiempo hasta que la puerta rechinó.

Saludaron al entrar como quien saluda a un viejo de la cuadra; un “buenas” y una leve sonrisa.

Esa noche hacía tanto frío como la anterior. Había sido un inverno crudo. El cielo estaba despejado, negrísimo, y la luna, tan enorme como cursi se dejaba ver por el hueco de la galería. Me levanté del sillón y con todo el cuerpo hice el difícil gesto de “seguíme por favor”. Salí y me senté en el piso helado –la sufrida postura de una mujer en invierno no falla-; saqué el cigarrillo del bolsillo de la campera y lo encendí con cierta dificultad -temblaba realmente-. Tras un par de pitadas, escuché el ruido viejo de la puerta y procuré permanecer inmutable, sorda, poeta congelada bajo la luna de agosto. Se acercó y me miró un minuto (que ya saben que podrían haber sido…). Buscó el cigarrillo aplastado que guardaba en el bolsillo trasero de su pantalón y lo encendió. Lo miré y, rápidamente, bajé la vista hacia su mano.

— ¿Me das uno?, no sé por qué, pero me gusta fumar Parissiene cuando hace frío— le dije intentando disimular mi estupidez indisimulable.

Buscó, alisó la marquilla y me lo ofreció.
Apagué el que tenía mientras levantaba la cabeza para regalarle ese gesto lindo o quizás mi mueca de duda, esa que siempre sale cuando estoy frente al comienzo de algo. Se agachó y me dijo:

— ¿Viste que hoy murió el Gato Dumas?
— Sí, qué pena, ¿no?

Estaba definitivamente enamorada.

* Sabemos que debería ser: “El día en el cual me volví cursi”, pero ¿a quién queremos engañar? Suena horrible.