martes, 17 de noviembre de 2009

Antropología de consultorio

Un año después, y una hora y quince minutos luego de haber llegado, me encuentro sentada nuevamente en el sillón de madera abajo del aire acondicionado del consultorio de mi ginecóloga. Leo, como siempre, para no sentir que envejezco sin razón en una sala de espera. La música de sala de espera, los timbres de sala de espera, las miradas de la sala de espera: pocas cosas en el mundo me fastidian tanto, soy infeliz en una sala de espera.
La piba que está sentada enfrente escuha cumbia en su celular, yo la escucho y me desconcentra. La madre de la chica que está sentada a mi lado estornuda, tose, vuelve a estornudar y hace ruidos guturales que me dan asco, todo eso mientras intenta comunicarse con alguien por su celular; me da rabia. La otra mujer, gordita de labios rojos recién pintados, atiende su celular que suena estridente con un tema de Sheryl Crow y grita, no sabe hablar, pobre; y yo me entero que la que llamó es esa persona con la que solo habla una vez al año, "te estaba por llamar, en serio, venía en el colectivo y pensaba, sí, ¡sí!, pero claro, si siempre te llamo cerca de navidad, a esta altura del año...", pobrecita la gorda, la amiga anual le ganó de mano.
Timbre. Otra mujer entra y se sienta al lado de la piba que escucha cumbia. Abre su mochila verde y saca un libro de tapa blanca y naranja flúor. Me llama la atención, es evidente y yo chusma: "Autoboicot, trampas mentales que me impiden creer en mí".
El hombre es un ser egoísta. Me doy cuenta de que no soy la única infeliz en una sala de espera.

jueves, 20 de agosto de 2009

Podame el cerco


si pilotearan como redactan, ai mi madre.

viernes, 14 de agosto de 2009

Nada




me está costando hacerme cargo de cosas cibernéticas; no tiene nada que ver con nada, pero qué foto.

jueves, 16 de julio de 2009

viernes, 5 de junio de 2009

Fragmento de "Objetos perdidos"

“[…] dónde están tu nombre, tu calle, tu desvelo,
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco”.
Julio Cortázar.
Rivadavia 1450

Los miércoles llueve. Me gustaría poder recordar qué día fue aquel, cuando jugamos por última vez al veo veo, cuando las cortinas daban asco de tanta mugre, chorreaba algo de ellas. El encaje celeste, las baldosas de granito marrón, el espejo que me sostenía bajo una fuerza que desconozco. Tu cara era otra, tu pelo ya no estaba tan blanco. Los demás gritaban, discutían, intentaban encontrar la forma de meterte en un auto para que fueras al médico. Vos no, que se pudran, total siempre fueron de los que le rezan a los santos de estampita.

Te hundías en el sillón. Tus zapatillas chuecas, el dedo índice cucharita y el pocito en la pera que siempre envidié. Vos sí que sabías reír. Me gustaba mirarte. Te balanceabas en la silla hamaca del comedor, con los pies colgando, tocando el piso a penas con las puntas, escuchando el ruido de la radio por el simple hecho de esquivar la voz irritante de la vecina. El diccionario, la birome azul, palabras cruzadas. Y yo, del otro lado de la mesa, sin mucho, me divertía como en ningún otro lado. Quería ser maestra o profesora, no lo sé, quizás simplemente una reventada que disfrutaba el hecho de corregir a los demás; iba hasta el piano, corría el taburete y giraba la patita que estaba sobre los pedales. La sordina nunca anduvo desde que lo trajimos a esta casa. Sacaba las partituras que guardabas ahí dentro como su fueran un tesoro, como si ahí en lo bajo, en la oscuridad del veneno para polillas estuviera escondido el camafeo tan horrible de Lola; “nada que lleve ese nombre puede ser lindo”, pensaba.

Con algo de maña sacaba todos los encuadernados. Según el día, la elección. Había uno de La Cumparsita que siempre era digno o quizás el de Rubias de New York porque esos labios rojos y enormes de la carátula me parecían espantosos, grotescos. Pero sé, que en el fondo te dejaba conforme porque los libracos de Brahms o Chopin ni los miraba, a lo sumo, algún domingo terrible mamarracheaba uno de Diabelli, vos no te quejabas y yo me divertía haciendo cruces rojas con el lápiz de carpintero, chato, azul en una punta y rojo en la otra, del abuelo. Rehacer o diez, satisfactorio.

Te digo que lo maravilloso siempre es de color blanco. Ellos dejaron de pelear. Yo seguía sentada frente al espejo, frente a vos, y mamá y el abuelo se asomaron desde la sala. No hablaban, sólo me miraron jugar con vos al veo veo. Te vieron tranquila, buscando eso blanco y sé que ellos fueron los que me envidiaron en ese momento y, probablemente, hoy también. Entonces fue que mamá llamó y dijo “Rivadavia 1450, entre Lavalle y Belgrano”.

Te llevaron casi dormida y no llegué a decirte que lo blanco maravilloso era esa nieve de mentira pintada sombre la cumbre del Uritorco, en esa foto chiquita que colgaba a la izquierda del piano, donde estaban el abuelo, mamá y vos posando para el pajarito.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Tú lo sabes, broder


Montevideo, abril 2009.

No entiendo

¿alguien padeció un ataque de furia frente a mi paquete de yerba, o qué?

domingo, 19 de abril de 2009

Montevideo













Montevideo, Uruguay, abril 2009.-


Blogger desconsiderado

Loco, no me funca el blog.
Muy pocas son las veces que puedo entrar, por eso la deserción parcial.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Welcome to paradise

Mañana terminamos todos por el suelo

martes, 3 de marzo de 2009

Punta blanca, sabios pescadores





Punta blana, Ecuador, febrero 2009.-

Montañita dos




Montañita, Ecuador, febrero 2009.-


                   


Baños: todos los bichos, el bicho









Baños, Ecuador, enero 2009.-

Otavalo, el pueblo mercado





Otavalo, Ecuador, enero 2009.-

lunes, 2 de marzo de 2009

Los pibes


La música que necesitamos.
Ollin, desde México.

El barrio, Cumbayá





Cumbayá, Ecuador, enero 2009.-

Montaña a fin de año





Montañita, Ecuador, diciembre 2008.-

Era una vez Máncora




Máncora, Perú, diciembre 2008.-